martes, marzo 23, 2010

el tsunami argentino

Posiblemente influya más el fenómeno Messi que el cambio climático, pero lo cierto es que la última semana llovieron sobre Barcelona unos cuantos escritores argentinos -acicalados, sonrientes, bien dispuestos- para presentar ante los medios sus publicaciones recientes en editoriales españolas.
Son bienvenidos, según parece. Y no importan sus edades ni la densidad de sus currículum, tampoco que sean más o menos comunicativos o atacados de ausencias; altos, bajos, turgentes o tirando a magros, todos se vuelven a su lugar de origen cargados de elogios para sus obras, sus pares y, sobre todo, para ese casi mítico país del que zarparon. Los piropos son tantos, que uno, también nacido allí, por momentos se ve obligado a preguntarse: ¿qué estoy haciendo aquí, tan lejos del paraíso?
Martín Kohan parece tenerlo claro: ese paraíso se ha perdido sin que llegara a existir nunca. Él atribuye la leyenda a factores variados e imprecisos; yo creo que esa melancolía irremediable es herencia de nuestros padres y abuelos inmigrantes, que añoraban todo lo dejado atrás, dotándolo, como es habitual, de características únicas. "Nada más amado que lo que perdi", canta Serrat, y ni siquiera ha nacido en Buenos Aires. Ganador del premio Herralde 2007 con Ciencias morales, Kohan presentaba ahora su nueva novela, Cuentas pendientes, respetando en este título la cantidad de sílabas del anterior, un libro exitoso con varias reediciones. No dijo que lo hubiera hecho por cábala, sin embargo varios de los asistentes a su presentación movimos sutilmente la cabeza convencidos de que en realidad se trataba exactamente de eso.
Si el escritor Fogwill juega de canalla y Pola es una chica sexy, de Martín Kohan podríamos decir que es un tipo con muchísimo texto. Fluído en su discurso, despertó las ganas de diálogo en casi todos los que rodeaban la mesa; algunos sin tocarla, como el también argentino Rodrigo Fresán, que eligió quedarse más atrás y en un ángulo, como el arpa olvidada del poema.
El editor Jorge Herralde (Anagrama) fue el encargado de presentar -orgulloso y con menos discreción que la que emplea habitualmente Guardiola para hablar de su niño de oro, Leonardito Messi- al escritor y su novela. La había leído con mucha atención, era evidente. Recordaba situaciones, nombres y detalles; muchos más de los que, sabio vendedor de libros, hábil manipulador de espectativas, comunicó a los que estábamos escuchando.
Cuando empezó el turno de preguntas se notó de inmediato que el autor sólo necesitaba una cualquiera, algo así como el puntapié inicial, para despacharse a gusto. Sobre los blancos manteles desplegados por la gente de Casa América Catalunya, desfilaron el deseo que lo empuja a escribir, la realidad social y política argentina, los Kirchner y el peronismo, sus maestros literarios, el tango y las inmigraciones, el vermut con platitos en los cafés de siempre y el desgraciado proceso militar con su larga lista de desaparecidos.
-Seguimos sin saber dónde están-, dijo Kohan refiriéndose a estos últimos.
-Muertos, -le dije yo como primera entrada-, ¿dónde van a estar si no están muertos?
Los militares argentinos lanzaron con tal fuerza el eufemismo que ahora esa lubricada mentira se ha convertido en la forma global de esconder las bajas, sobre todo si no son ajenas.
En algún momento de la charla alguien cercano me alcanzó el libro de Kohan y pude mirar atentamente la ilustración de tapa. Un pie de hombre calzado con un clásico zapato de cordones está a punto de cruzar una puerta. Sale de un lugar desconocido que sólo nos muestra un trozo de su suelo, compuesto por pequeñas teselas exagonales de cerámica blanca ya desgastadas por el uso. La foto en blanco y negro es de Horacio Coppola, un clásico de la fotografía argentina, y lleva por título Rivadavia entre Salguero y Medrano, año 1931. Allí, en el número 3819 de la Avenida Rivadavia, estaba situada la casa en que nací -según creo existe todavía, aunque ya no pertenece a mi familia- y exactamente así eran los suelos de los amplios, desangelados, fríos cuartos de baño, al menos mientras yo vivía en ella. Me pareció casi lógico que poco después, cuando Martín Kohan y Herralde confesaron compartida pasión por el fútbol, saliera a relucir, como referente del mejor fútbol de otra época, la alineación histórica de un equipo blaugrana de aquel mismo barrio que fue el mío: San Lorenzo de Almagro.
Atacado arteramente por varios fantasmas del pasado, esa misma noche leí la novela de Kohan. De 177 páginas y veintisiete capítulos, tiene como personaje central a un octogenario que arrastra sus últimos días por un paisaje doméstico tan desolador como su propia vida. Nada le responde ya, todo se le escapa de las manos, pero él igual insiste en quedarse de este lado, aferrándose como puede a los documentales de televisión, a sus tristes rutinas y a sus miserables costumbres.
No es un libro alegre, desde ya, pero como dije antes, Martín Kohan tiene mucho texto y lo despliega sin falsos pudores, con brillantez y ritmo.
Supongo que dentro de nada será película -un magnífico papel para Héctor Alterio- aunque necesariamente tendrán que cambiarle el título: ya hay varias en el mercado que se llaman igual.

Posdata: Es la segunda vez que acudo a uno de estos desayunos literarios y me llama la atención lo poco golosos que son los asistentes a ellos. Las jarras de café se enfriaron sin que nadie se acercara a servirse una taza, los brioches de jamón dulce, mantequilla y queso languidecían en sus platos como si todos los presentes hubieran sido veganos, partidarios convencidos de las excelencias de esa estricta dieta sin componentes animales.
Yo tampoco tomé café, pero comí dos de aquellos bocadillos; lo confieso: no puedo soportar que se desperdicie comida.
Fotos: publicitaria de Messi (Mundo deportivo); retratos de Kohan, Fresán y Herralde, por Bertini.

sábado, marzo 20, 2010

Pola mola porque es pop



Un estúpido y desagradable cura cincuentón, profesor de Historia Universal en el colegio salesiano donde pasé gran parte de mis primeros años de estudiante, solía repetir clase tras clase la misma frase, sintiéndose cada vez más orgulloso de la brillantez y originalidad de su inteligencia:
"La historia es una sucesión de sucesos que se suceden sucesivamente".
Más allá de la memoriosa repetición de aquel sonsonete en este blog, poca cosa debe quedar de aquel tipo grandote y avasallador, un fascista confeso con pronunciado acento del norte de España.
Esta semana, por ese devenir imparable de sucesos que van (con)formando nuestra vida, y a pesar de la anónima gripe blanca que casi logra que expulse los pulmones por la boca, pude acercarme a dos eventos literario-mundanos con tonalidades argentinas.
Del primero dije alguna cosa que otra en el post anterior; el segundo fue ayer por la tarde y quisiera ocuparme de él antes que los sucesivos sucesos futuros lo traspapelen para siempre en algún oscuro lugar de mi memoria.
Pola Oloixarac (¿un anagrama de Lapo Caracciolo?) presentaba la edición española de su primera y hasta hoy mismo única novela: Las teorías salvajes.
Buen título, sin duda. Podría habérsele ocurrido al cada día más mediatizado Zizek (el diario Público regala un libro suyo junto a la edición de hoy, sábado 20), también a alguno de esos modernos escritores franceses con apellidos en otro idioma. Hasta tipos como Faulkner o Nabokov no lo hubieran despreciado sin pensárselo primero.
Salvajes es una palabra atractiva que acompaña muy bien, con rítmica elegancia, tanto a las palmeras como a las teorías, otorgando un matiz ambiguo y feroz a las mismísimas, y por lo general domesticadas, mimosas.
Si el alargado espacio underground -vulgarmente llamado sótano- de la librería Central del barrio del Rabal, estaba a tope de gente, también la calefacción parecía haber sido elevada al tope mismo de sus posibilidades. A posteriori, y viendo cómo se desarrolló el acto, podría pensar que era parte de una cuidada puesta en escena que preveía el despojamiento por parte de la joven autora de su abrigo negro de lana, recatado escudo de posteriores y turgentes descubrimientos.
El día anterior, preguntado el escritor Fogwill por esta señorita hasta ahora desconocida en España, había elogiado, y en este orden, sus dotes canoras -Lady Kavendish es su otro seudónimo artístico-, el indudable interés del libro que había escrito, su perfil multimedia y, con un ligero cambio en el tono profesoral del discurso, otros perfiles tanto o más desarrollados, según él muy notables, en el físico de la compatriota.
Ayer, mientras el joven autor español Javier Calvo abusaba de los "digamos" casi tanto como de la extensión de su panegírico -entre otros elogios igual de contundentes comparó la Poloprosa con la siempre certera escritura de papaíto Nabokov-, la autora, ubicada con su silla dos pasos más atrás que el resto de los contertulios -cuatro en total, incluyendo a los dos editores- se mostraba tímida, indecisa, ausente, dulce, esquiva, sonriente, sensual, caprichosa, aniñada y un poquitito sexy, no necesariamente en este orden. Todo muy Lolita Nabokov, sin duda. En algún momento, aún convaleciente de mi gripe blanca, pensé si la cabeza no se me estaría yendo definitivamente a los cerros de Úbeda, ya que se me mixturaba la presentación del Pololibro con las que solían ofrecer algunas estrellas del Festival de Cine Erótico de Barcelona del cual fui jurado durante tres ediciones.
Finalmente llegó el turno de la autora. Después de desprenderse del abrigo dejando en evidencia la vertiginosa hondonada que separaba sus prominentes senos, Pola O' intentó devolver el micrófono a su presentador para que continuara discurseando él:
-Sí, por favor, prefiero que hables tú...me encanta quedarme como estuve hasta ahora, escuchando las cosas que dices de mí...Yo ya escribi el libro, así que no tengo nada que decirles.
Esperé unos segundos y cuando se hizo evidente que frente a una declaración de tal contundencia por parte de la autora nadie se atrevería a agregar absolutamente nada más, lancé mi primera pregunta:
-Me gustaría saber si la Argentina, o la Buenos Aires que tú vives, se parece a esa tan mítica, tan culta, tan misteriosa y elogiable, de la que nos habló el presentador de tu obra.
Éste, que confesó no haber estado nunca ni siquiera cerca del Río de la Plata, se había deshecho en elogios sobre el país y su gente, retratando una Argentina donde todos parecían egresados de una licenciatura superior de filosofías y letras. Un país mítico que aparentemente prestaba más atención a un match verbal entre Sábato y Borges que a un enfrentamiento deportivo entre Boca y River.
Tuve que matizar la pregunta varias veces. Era evidente que la señorita Pola no entendía lo que le estaba diciendo y su incomprensible incomprensión se traducía en quejiditos, movimientos de manos y cabeza y la repetición letánica de algunas frases entrecortadas del tipo: "no entiendo, no sé de qué me está hablando, qué tendrá que ver esto conmigo".
Cuando me di por vencido, cambié la pregunta por una confidencia:
-Ayer Fogwill habló muy bien de ti. Dice que tu libro le resultó interesante, que cantas bien y que además estás muy buena...
-¿Fogwill dijo eso? Lo de cantar fue en un momento, no tiene importancia...Soy soprano y canto Mozart en mi casa, pero ese video de YouTube...¡Qué gracioso! Él es muy viejo... podría morirse en cualquier momento.
-También nos confesó que había escrito Los pichiciegos en tres o cuatro días. ¿Cuánto tardaste vos en escribir tu novela?
-¿Yo?...Tres años...
-Se dijo que sóis una generación de parricidas, que estáis decididos a acabar con los escritores argentinos clásicos, los más reconocidos fuera del país. ¿Es eso así?
-¿Los anteriores...? ¿Quiénes, Borges?
Asiento con la cabeza mientras digo:
-Por ejemplo...
-Para mí Borges es como una abuelita, no me molesta...
Poco después mira a su editora y, volviendo nuevamente la vista hacia el público, nos suelta:
-¡Cómo preguntan aquí! En Argentina nadie pregunta nada.
¿Tanto ha cambiado mi país de origen? ¿Ustedes se lo creen? Yo no, en absoluto.
De cualquier forma se da por terminada la conferencia de prensa y los que han comprado el libro se acercan a la mesa para que la señorita Pola se los autografíe.
Ella saca del bolso un lápiz de labios color rojo oscuro y, antes de estampar su firma, deja la marca de un beso sobre la primera página.
Me dirijo hacia la puerta esperando poder salir de allí cuanto antes, sin atascos ni complicaciones. Temo un efecto Angel Exterminador y además mi cabeza es un hervidero de preguntas sin respuesta.
¿Habré sido abducido por las fuerzas demoníacas del ya desaparecido Festival de Cine Erótico de Barcelona o todo esto es un capítulo especial de Gran Hermano XX y de un momento a otro aparecerá Mercedes Milá anunciando que tuvimos la suerte de presenciar un experimento sociológico de alcance planetario?

Las teorías salvajes descansan al lado de mi cama. He leído solamente un capítulo. Todavía no entendí de qué va, pero parece estar muy bien escrito.

Esto es una recreación -no demasiado libre aunque tampoco demasiado exhaustiva- de lo que me cuenta la memoria. Como ella acostumbra ser artera y discriminatoria y yo no acostumbro tomar notas ni hago grabaciones de ningún tipo, que nadie me acuse de no ser imparcial. Ni siquiera he pretendido serlo. No olviden que otra de mis ocupaciones ha sido durante años la caricatura.

En las imágenes: la autora, el presentador, el editor.
En la última foto (para los descreídos) Pola firma un libro en el que un momento antes ha estampado su huella labial. Muy cerca, envuelto en su caparazón negra, el lápiz de labios rojo pasión.

Posdata: Marina, mamá Chinchilla, Reina de las Aguas, me ofrece un premio junto a otros seis bloggers amigos. Pide a cambio siete secretos confesables y de esos ya no me queda ninguno. Un beso y muchas gracias, cariño.

miércoles, marzo 17, 2010

poetas y poetas

Si fuera catedrático, me digo, no necesitaría inventarme estas tonterías alrededor del diccionario. Recurriría a mi abundante saber enciclopédico y el texto quedaría inobjetablemente culto, a ser posible con citas de Zizek, Zoroastro o Zaratustra. Pero como no lo soy y la fecha de presentación de ayer por la tarde se me vino encima, acompañando con zafio empecinamiento a la gripe, las toses, el catarro, los malestares nocturnos, el dolor de cabeza -la mía es particularmente grande- y la sensación estúpida de que el tiempo huye y yo, por más que me agote en el esfuerzo, no logro ponerme a su ritmo, inventé a último momento este texto de presentación para la primera sesión de Poetas y Poetas, con Antonio Flórez, Goya Gutiérrez y Dolors Millat.
Hubiera agregado, con la humilde y sana intención de fanfarronear un poquito, que la escasa carilla y media está escrita en muy poco tiempo, pero esta mañana estuve en el desayuno-presentación de los Cuentos Completos (Alfaguara)del escritor argentino Fogwill, y él, un tipo simpático, comunicativo y amante de los golpes de efecto, confesó que su novela de más éxito, Los pichiciegos, la escribió en poco más de tres días. De las treinta y pico de personas que rodeábamos la mesa, una gran mayoría debe haber pensado:
¡Vaya superficialidad la de este argentino! No se ha matado nada.
Lo digo porque las caras siguieron siendo igual de inexpresivas que un momento antes de escuchar aquella confesión tan inusual como desenfadada.
Como ya se habrán percatado nada más empezar a leerme, todo este introito es para justificar la injustificable inclusión en este blog de un escrito destinado a otro espacio: el amplio y acristalado forum de la librería Bertrand de Barcelona. Allí lo leí ayer a pesar de mi disfónica afonía, sirviéndome de los micrófonos y la buena voluntad del medio centenar de asistentes al evento.
Tal vez fuera preferible no enterarse demasiado de lo que dije, pero testarudo que soy, aquí va esto:

Tambaleándome en el vértigo que suele producir todo aquello que no podemos o no queremos entender, perdido en la vastedad de un mundo en constante y acelerado cambio, ajeno a los metamorfoseantes resortes de mi embozado, juguetón, artero inconsciente, cada cierto tiempo me resulta ligeramente tranquilizador recurrir al diccionario, un espacio donde la verdad parece tener salvoconducto de rigurosa, estática, inamovible veracidad.
Visito sus páginas, ahora virtuales, para aclarar algunos términos de uso cotidiano;
palabras que utilizamos con total desparpajo creyendo en su sentido único, universal, absolutamente transferible, y a las que el uso cotidiano va agregando nuevos giros, superpuestos matices de significado que han ido convirtiéndolas, sutil y sibilinamente, en alguna otra cosa.
Si buscamos Poema, por ejemplo, nos encontraremos con dos acepciones bastante diferentes. La primera, nada inquietante, habla de una composición literaria del género poético, pero la segunda nos informa que puede ser también todo aquello que resulte ridículo, dramático o extraño. Para ejemplificarlo, se añade una frase tan deportiva como devastadora:
“Cuando su equipo iba perdiendo, la cara del entrenador era todo un poema”.
¿Y poesía? ¿Cómo define nuestro diccionario a la Poesía?
Ya me hubiera gustado que frente a mi consulta, convertido de improviso en un amoroso oráculo becqueriano, el libro gordo de nuestra lengua me contestara:
¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.
No ha sucedido, por supuesto.
Para la palabra Poesía el diccionario tiene un puñado de entradas que van desde “manifestación de la belleza o del sentimiento estético a través de la palabra”, a “arte de componer obras que supongan una manifestación de este tipo” o “conjunto de características que producen un profundo sentimiento de belleza y armonía”.
En el extremo opuesto, la definición de Poeta es, de tan escueta, deslumbrantemente lapidaria:
“Autor de versos o de obras poéticas, en especial si está dotado para ello”.
Una nota al pie nos aclara que si bien su femenino es poetisa, se usa poeta como sustantivo de género común, o sea: El poeta, La poeta.
Nunca me ha gustado la palabra poetisa. Aunque me expliquen sus válidas raíces idiomáticas, suena a reducción, a inferioridad, a minusvalía intelectual.
Por eso este pequeño ciclo de lecturas poéticas por sus propios autores se llama de la forma en que se llama, Poetas y Poetas, dejando clara la pluralidad de su contenido sin incidir en lo que, poéticamente hablando, importa menos.

Fotografía de Kertesz, retrato de Fogwill por Bertini.

viernes, marzo 12, 2010

¿orgulloso de mí?

A veces, cuando ves crecer los comentarios o el número de entradas a tus blogs se acrecienta más de lo habitual, te invade un sentimiento de autocomplacencia tan fugaz como el tiempo que tardas en enterarte que el choripán de facebook recibe 348 opiniones en apenas una hora.
Para los visitantes argentinos, este personaje de piel brillante, algo grasosa y muy caliente, acorazado tras dos cachos de pan sin vínculo conocido con mi familia, no tiene secretos. Suelen comérselo en cuanta reunión que se precie, habitualmente acompañado de otras achuras, unos buenos trozos de carne y algunos cuantos bocados, nunca demasiados, de ensalada mixta: tomate, lechuga, cebolla y, con suerte, algún trozo de huevo duro.
El choripán se deja hacer, sumido en ese sabio silencio que le otorga saberse soberano de un reino sin objeciones ni objetores, donde nadie duda de sus bondades y todos quieren aprovecharse de sus virtudes.
Me pregunto si ese mismo sentimiento de autocomplacencia lo experimentarán otros seres aparentemente más animados, que, como el sabroso choripán, están estos días en la boca de todos. Y pienso en los responsables de no encontrar solución alguna para los cortes de luz en varios pueblos de Cataluña, una semana ya a oscuras y tiritando, los pobrecitos; o en Miguel Delibes, fatalmente muerto y finalmente ensalzado popularmente, como si de una folklórica se tratara; o en Claudia Bruni, la presidenta no cantante que se arrima a un músico premiado para ver si se le contagia el doremí; o en todos esos políticos defensores de ellos mismos, que, con muchísima caradurez, viven de decir chorradas huecas, llenas de palabrerío sin contenido.
Últimamente escapo de las malas noticias. Son tantas, que en plan de oscurecerme y temblar como los habitantes de Lloret de Mar, prefiero leer necrológicas, aprendiendo de ellas las diferentes formas post-mortem del reconocimiento humano.
Siempre suelo quedarme con ganas de preguntar: ¿Y esto es todo, señores?
Si uno no gozara harto (vaya la expresión como recuerdo cariñoso a los golpeados amigos de Chile, que ya no son primera plana de los periódicos), si uno no gozara, repito, con aquello que se inventa cada día, habría que decir "preferiría no hacerlo", imitando al Bartleby de de Vila Matas que inspiro tantísimo a un tal Herman Melville...¿O era exactamente al revés?

¡Ah!, casi se me olvida. El choripan es un sandwich de chorizo criollo cocinado a la brasa. Que les aproveche.

Posdata: estoy afiebrado y griposo, o sea que mi humor de estos días no es de los mejores posibles. Me gustaría tener en casa el Moonfire de Norman Mailer que editó Taschen (con varios de sus títulos más, por supuesto), pero como a nadie se le ocurrió regalármelo(s), me conformo con la fantástica colección Hitchcock que edita el diario ABC: dos películas juntas en magníficas copias subtituladas al precio regalo de un euro. Son las de siempre, sin embargo tenerlas en casa en nuevo soporte tranquiliza más que un té de tila.

En la foto, mamá Bertini cuida a su bebito. Foto Van Dick, Rivadavia 3958, Buenos Aires.

martes, marzo 09, 2010

A Single Man, el libro



En los últimos tiempos, harto de tanta basura envuelta en papel celofán, espolvoreada con abundante purpurina dorada y hábilmente adornada con cintas de colores vivaces, vuelvo a los filmes que me hicieron feliz en algún momento pasado de mi vida.
Lo hago con muchísimo tacto y pisando con pies de ángel, conocedor de esas trampas de la memoria que te hacen imaginar esplendores donde tal vez sólo hubo miserias.
Una semana atrás encontré entre las ofertas del video club de la manzana donde vivo, New York, New York de Scorsese en una edición "definitiva", con dos cedés que incluyen un buen montón de bonus, entre ellos los comentarios del director y hasta unos torpes dibujos de su autoría haciendo las veces de inicial, garabateado story board.
La había visto por primera vez en el indescriptible cine Serra de Ibiza de principio de los años ochenta, doblada al castellano, pésimamente conservada y con una proyección deficiente. Si me preguntaran cómo hizo un porteño del centro como yo, acostumbrado a los cines de estreno bonaerense y a las películas en copia nueva y versión original subtitulada para adaptarse a toda aquella cutrez, respondería que ir al cine seguía siendo una fiesta, ya que aún a trozos y en las peores circunstancias, las películas conservan algo de esa magia fantasmal que tanto subyuga a los cinéfilos.
Por esto quizás, o por la presencia de la Minelli, un ídolo, New York, New York no me resultó demasiado decepcionante, aunque en aquellos primeros tiempos de mi inmigración, más preocupado por la proyección bien enfocada de mi propia vida, ni siquiera programé volver a verla alguna vez. Debería haberlo hecho: su versión completa, "extendida" según dice en la carátula, es, me atrevo a asegurarlo, realmente magnífica.
Como hoy no tengo demasiado tiempo para entretenerme con enlaces arbitrarios, vuelvo al libro que da título a este post.


Ayer por la noche, después de un largo paseo bajo la nieve barcelonesa, el consiguiente enfriamiento, un chocolate con churros en el Farga de Diagonal y la tranquilizadora constatación de que la glaciación definitiva todavía no se había instalado entre nosotros, me metí en la cama acompañado por A single man y el cáustico, atrevido, Christopher Isherwood.
Me alegra no haber leído el libro hasta poco después de ver la película dirigida por Tom Ford.
Conocí a Isherwood, a su literatura, a partir de esa obra imprescindible que se llama Cabaret, basada muy libremente en su novela Adiós Berlín. A pesar de que el guión le pertenece en parte, el autor nunca estuvo de acuerdo con algunas decisiones tomadas por Bob Fosse, decidido a convertir ese pequeño relato melancólico e intimista en un espectáculo musical brillante que no desdeñara los contenidos políticos ni filosóficos.
Por fortuna existen artistas con carácter férreo, decididos a llevar adelante su obra a pesar de todos los impedimentos que puedan cruzarse en su camino. Si Fosse hubiera escuchado a Isherwod, Cabaret como tal no hubiera existido y podríamos haber ganado muy poco más, o menos, que la ilustración respetuosa de un texto que no necesitaba en absoluto de imágenes para lograr emocionarnos.

Dedicado a Gore Vidal, toda una declaración de principios sentimentales e ideológicos, ahora mismo, mucho antes de terminarlo, podría afirmar que A single man, el libro, no es recomendable para momentos de bajón anímico, ya que desde la primera página la descripción de los efectos del tiempo sobre el protagonista difiere mucho de la imagen que nos dan Firth y Ford de este mismo personaje en la película:
"Lo que allí aparece es menos un rostro que la expresión de un conflicto. He aquí lo que se ha hecho a sí mismo, la maraña donde ha conseguido enredarse en cincuenta y ocho años, traducid(¿o?) en una mirada apagada, atormentada, una nariz basta, las comisuras de la boca abatidas como si sus propias toxinas hubieran alcanzado el máximo de amargura, las mejillas desprendidas del anclaje de los músculos y el cuello fláccido, colgando en pequeños pliegues."

¿Maquillaje, operación quirúrgica, estetización frívola o, simplemente la adecuación de un texto ajeno a las realidades de alguien que decide servirse de las palabras de otro para contarnos su propia historia? Me inclino por esta última explicación, ya que el filme de Ford es digno, serio, tanto como no lo sería si este diseñador de clase alta hubiera intentado travestirse de empobrecido intelectual progresista del siglo pasado para trasladar respetuosamente un texto al lenguaje cinematográfico.
El dolor frente a las pérdidas, la sensación inapelable de no sentirse igual a esa mayoría que se dice dueña del mundo, la falta de ilusión por un mundo mutante, extranjerizado, alejado de su pertenencia, y una sensibilidad parecida en lo sensual-amoroso, podrían acercar sus experiencias vitales, a pesar de las diferencias, más notorias que supuestas, de sus cuentas bancarias, el lujo de las casas que habitan o la calidad de la ropa que visten y de los automóviles en los que se pasean.
Si hubiera leído este libro antes de ver la película podría haberme sentido defraudado por una traslación que no es nada fiel al paisaje literario, quizás el mismo del filme, aunque descripto de manera mucho más cruda y terminal, sin concesiones a la presunta sensibilidad del lector. Fruto tan amargo como inequívoco de la mirada desencantada de un Chistopher Isherwood al borde de los sesenta años.

En las fotos: Isherwood y Auden por Carl van Vechten, cubiertas de las ediciones inglesa y española y el actor Matthew Goode, Jim en la película de Tom Ford.

Posdata: Benjamin Biolay ha ganado dos de los premios más importantes de la competición francesa Victoires de la Musique, los correspondientes al mejor intérprete masculino y al mejor álbum del año.
Este blog apostaba por él. ¡Congratulaciones!

jueves, marzo 04, 2010

pequeña serenata otoñal (a single man)

-Las experiencias no son esas cosas que suelen sucederte, sino lo que tú haces con ellas.
Lo dice Tom Ford por boca del profesor George Falconer, que a su vez está citando a Aldous Huxley en su novela After Many a Summer (Viejo muere el cisne).
Este atildado profesor Falconer es Colin Firth, un actor inglés del cual no me importaría nada hacerme amigo durante las próximas semanas. Tiene cara de buena persona, de esas capaces de escuchar tus lamentos y compartir tus alegrías como si fueran propias. ¿Ganará un Oscar por este trabajo? Si se lo dan debería compartirlo con los responsables del casting: no es que que su actuación sea especialmente buena, sino que él es ese personaje en cada uno de sus gestos, en cada uno de sus tonos, en cada uno de sus movimientos. Ni la maravillosa casa en la que vive ni el coche que conduce le quedan grandes, de prestado. Son de su misma talla, hechos a medida para él, como toda la ropa que usa en la película, realizada con materiales nobles y mejor sastrería. Resultan, junto a la ambientación general, la minuciosa y delicada fotografía, la música, simplemente perfecta, y un reparto sin fisuras -el debut de Jon Kortajarena promete una carrera exitosa-, otros regalos estéticos de Tom Ford, director de A single man -no me convence la traducción Un hombre soltero porque single es bastante más que eso- y ex diseñador de la empresa Gucci, un icono, gracias a él, del lujo y el glamour mundano a finales del siglo pasado y principios de este. Localizar la historia en los ambientes privilegiados de Los Angeles de los años sesenta, época en la que transcurre la novela, es más que un gesto respetuoso hacia el material básico del filme. Su elección nos enfrenta a una forma de vivir más contenida en la que palabras como elegancia, educación, pudor o sobriedad no eran necesariamente sinónimos de conservadurismo. Sofisticada sucesión de cajas chinas, Colin Firth parece copiar la trayectoria vital de Falconer, que a su vez repite de manera casi idéntica los detalles biográficos de Christopher Isherwood, autor de la novela de 1964 en la que se basa el guión de la película. Los tres son ingleses cultos de mediana edad trasplantados a Estados Unidos y de los que al menos dos han aceptado con total soltura su homosexualidad.
Película triste sin ser melodramática, me recordó casi de inmediato a El fuego fatuo (Le feu follet, ¡1963!) de Louis Malle.
Partiendo de un relato de Drieu de la Rochelle y con el fondo sonoro de las melancólicas Gymnopédies de Erik Satie, el director francés de películas tan disímiles como ¡Viva María! o Tio Vania en la calle 42, abandonaba la decisión final en manos del desesperanzado, vacío, estragado protagonista. Aquí, y pese a toda la dureza de la escena final, Tom Ford deja un mínimo resquicio para la esperanza, aunque haciendo intervenir una vez más a la fatalidad, compañera desgraciada de un hombre que siempre ha intentado huir de ella sin lograr conseguirlo.



En las fotografías, sin pie de autor, Tom Ford asoma detrás de Colin Firth y Christopher Isherwood asoma por una ventana de su casa.

martes, marzo 02, 2010

Imperial Tarraco

-Mis pacientes de los geriátricos no se plantean estar en forma; sólo quieren seguir envejeciendo.
Lo dice como corolario de su ponencia, la segunda de la tarde, un médico especializado en personas de edad avanzada, todas ellas sujetas a la polimedicación.
Es viernes 26 y estoy en un aula del Ayuntamiento de Tarragona asistiendo a una mesa redonda sobre El cuerpo medicado. Llenando el aforo del aula hay unas cien personas que en su gran mayoría han llegado una vez pasada la hora de inicio del encuentro, 18.30, haciendo crujir los brillantes suelos de madera y moviendo de lugar las sillas metálicas, bastante menos amplias que ruidosas, sin darle mayor importancia a los esfuerzos de la primer ponente del encuentro, una antropóloga que, power point mediante, nos explicó de qué iba esto del cuerpo medicinado.
“Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”, dicen, o decían, algunos españoles devotos de la santa madre de Jesús, con la ilusión vana de detener el tiempo y sus no siempre felices consecuencias en algún momento cualquiera, que, sin ser perfecto, les resultara suficientemente satisfactorio.
Ninguno de los conferenciantes nombra a la innombrable, pero todos los allí presentes sabemos que, igual que los pacientes del geriátrico, pretendemos seguir envejeciendo el mayor tiempo posible, sabedores de que un poco más allá, al final de ese proceso natural de envejecer, no hay nada más que muerte.
Sábado. Habitación 412, cuarto piso del Hotel Imperial Tarraco. Tengo encendido el televisor y la cadena Rac 105 pasa videos de Hearth, Wind and Fire. El nombre del grupo no resulta nada inocente en un momento como este, salpicado de catástrofes. Los meteorólogos anuncian algo tan aterrador y desconocido como una ciclogénesis y yo me pregunto si el mar que tengo enfrente enloquecerá de pronto y una ola gigante nos engullirá a todos. Morir como turista de una ciudad cercana a aquella en la que estoy viviendo no me parece un final apetecible; es más, lo encuentro de una vulgaridad despreciable.
Cuando me asalta una idea de este tipo no puedo abandonarla así como así. La exprimo, la llevo hasta sus últimas consecuencias, me detengo en los más mínimos detalles tratando de sacar la mayor información posible de mi obsesiva, meticulosa imaginación. Me pregunto si un tsunami llegaría hasta el piso donde estoy, si tendré la posibilidad de subir hasta la terraza para escapar de él, si realmente convendrá hacerlo o será mejor quedarse en la habitación con las puertas cerradas y las persianas bajas, esperando que la gran ola se disuelva y las aguas vuelvan a su cauce. Imagino los objetos que pasan a mis pies, flotando como juguetes de goma en la bañera de un niño: habrá coches, árboles y sillas; cientos de sillas de los bares de playa, de las terrazas de restaurantes y cafeterías.
Supongo que también flotarán turistas aferrados a sus cámaras, decenas de perros liberados de amos y correas, latas vacías de refrescos y cervezas, carteles publicitarios invitando a conocer otras tierras donde la inasible, evanescente felicidad, se suponga todavía posible.
¿Qué estoy haciendo aquí?, me pregunto. ¿Habré venido a buscar mi muerte, a encontrarme con ella como el desorientado personaje de algún cuento borgiano?
Tal vez esto le daría un sentido a esta situación sin demasiado sentido en la que me encuentro.
Sábado a la noche. R.C. me lo había anunciado apenas nos sentamos a la mesa:
-Al final cantarán, ya verás. Siempre lo hacen.
Mediterráneo, Al vent, Valencia, alguna copla tradicional con corazones rasgados y sentimientos a flor de piel, cantos libertarios de amor y de guerra.
La banda sonora de otra época más ilusionada, menos pragmática que ésta.
La alegría del encuentro llena el aire, aunque yo sienta también la presencia nostálgica de lo irrecuperable.
Como si todos los amores se hubieran marchado y todas las guerras se hubiesen perdido.
Domingo. Catherine Millet ha venido a Barcelona para presentar su libro Celos. Con más de sesenta años confesados, no se baja del burro que le dió fama y declara: "¿Hay otra cosa fuera del sexo?". Según confiesa al periodista que la ha entrevistado, creía saber todo sobre sexualidad hasta que se encontró con los celos.
¿Hay otra cosa fuera del amor propio?
El mismo diario utiliza un titular catástrofe, ¿qué menos?, para anunciar CHILE TIEMBLA. Mi cabeza no comenta nada. Ha enmudecido frente a este nuevo horror, sumado a todos los otros ya enquistados. ¿Alguien sabe qué pasó con los afectados por el temporal de New Orleans o conoce el último parte sobre los supervivientes de Haití?
Por las ventanillas del tren en el que vuelvo a Barcelona -era esto o comer calçots, una experiencia interesante que en principio preferiría no repetir jamás-, por las ventanillas (repito), todas ellas con los cristales muy sucios (añado), se ve el mar cercano: está gris, tanto como el cielo sobre el que no se recorta. Casi idéntico en su grisura a las matas presuntamente verdes, a la arena supuestamente dorada, a las rocas, de un gris piedra algo más oscuro, un poco, solamente un poco, menos frío.
El sueño de la razón crea monstruos. El de la resaca nos hunde en el paisaje catastrófico, y también monstruoso, de la conmiseración.
Fotos de Bertini: el mercado en refacción, el mar desde el hotel, el casco antiguo, los ombúes del paseo marítimo, una esquina de la rambla.

viernes, febrero 26, 2010

Benjamin Biolay, le superbe!

Recibo un email desde Francia. Llegó ayer, y supongo que ha sido enviado por los productores de este hombre joven con cara de lobezno, amante de los tonos oscuros, las ruinas de una historia reciente, los fotogénicos techos parisinos y, más que nada y sobre todo, de las historias románticas envueltas en melodías hipnóticas. Compositor y cantante, Benjamin Biolay aparece por segunda o tercera vez en este espacio. Cuando años atrás supe de su existencia, me llamó la atención ese nombre que para mí -e insisto a pesar de la oposición de algunos amigos franceses que se niegan a aceptar esta lectura- refiere, con un ligero, casi imperceptible matiz en su pronunciación, a jovencitos violentados sexualmente, aunque no me asombró menos la apropiación de esa sigla, BB, que parecía de propiedad absoluta de la gran, inolvidable Bardot, la actual Santa Brigitte de los Animales. Ahora él como compositor y cantante, su último álbum y este tema que le da nombre, están entre los favoritos de los premios Victoires de la Musique que se entregarán el 6 de marzo próximo. En el email se pide apoyo a esta candidatura, y como creo que se lo merece, les dejo su precioso video junto a mis deseos de un ¡superbe fin de semana!.

miércoles, febrero 24, 2010

LoS TiLoS De BaLMeS


Durante el tiempo que escribí una columna semanal en el diario El Mundo, cada martes de todo un año, siempre tenía presente en mi cabeza como un mantra pragmático lo que me había pedido, en el momento de ofrecerme el trabajo, el ya desaparecido Xavier Domingo, gastrónomo, periodista, escritor y responsable de aquel espacio. Nunca llegamos a conocernos personalmente. Todo el trato se hizo por teléfono y no hubo demasiadas explicaciones en cuanto a mi cometido allí, salvo la cantidad que me pagarían y: "debes escribir tanta cantidad de líneas, no pasarte de tantos caracteres y envíarnos el texto por fax la mañana antes de su publicación". Dije "bien, entendido" y un segundo después pregunté con una ingenuidad que supongo característica de cualquier recién llegado al circo mediático: "¿Qué se espera de mí?". Mi interlocutor teléfonico, amable y lacónico a partes iguales, respondió: "nada en especial, aunque si resulta escandaloso es mucho mejor".
Pasado un tiempo entendí mejor lo que en un primer momento me había parecido casi una proposición obscena: si quieres que alguien, aunque sea una sola persona, te lea, tienes que llamar de cualquier manera su atención. Frente a semejante desafío me sentí vencido de antemano. Se suponía que yo, un tipo que había llamado al sexo por varios de sus nombres más impúdicos en dos novelas de específico contenido erótico, sabría muy bien de qué iba el escándalo. No era en absoluto así. Soy un tímido recuperado de su adicción al ostracismo y apenas el bullicio me roza me convierto en estatua de sal o, más sencillamente, en una vulgar cacerolita. No pretendan entender esto último: es parte de una anécdota que contaré otro día.
Luchando contra aquel mantra que amenazaba con paralizarme cada lunes por la mañana, durante medio centenar de semanas escribí otra tantas columnas que hablaban de casos y cosas ciudadanas y alguna vez hasta me quejé de la fealdad de Balmes, la calle que cruza la de la esquina más cercana al piso donde vivo.
Ahora, después de varios meses de ruido, volátil polvo de cemento tiñendo nuestra ropas recién lavadas y todo otro tipo de complicaciones exasperantes, gracias al plan que lleva como nombre la E mayúscula de España tenemos una Balmes que parece nueva, con aceras más amplias salpicadas de tilos jóvenes y unas paradas con resguardo para aquellos que esperan autobuses.
Como todo no ha de ser críticas, agradezco que mis quejas del año 1996 hayan sido al fin escuchadas.
Catorce años son menos que veinte, y veinte, ¡quién no lo sabe a esta altura!, son nada.

El post anterior sobre mi presentación en un lugar llamado Nostromo era provisorio y no esperaba comentarios. Como los ha tenido y no puedo dejarlos en el aire, allí queda, como rastro de un evento plagado de dificultades que ha llegado a buen puerto por la presencia de un puñado de bloggers cariñosos que han querido asistir a él desafiando al partido diario del Barça, a mil otros eventos culturales con invitados de tanto renombre como Carmen Riera, y a las huestes obreras, magras en realidad, convocadas a movilizarse por los sindicatos.
Creo que, como lo hacía yo con mis columnas, los organizadores de estos actos se han equivocado de forma radical con las consignas desplegadas.
La gente trabajadora no teme a la jubilación sino al desempleo.

La imagen algo escandalosa (sigo los consejos de Dalí y Xavier Domingo para atraer lectores) es del descomunal fotógrafo australiano de origen alemán Helmut Newton.
Y ahora, fuera de bromas, había puesto una de tilos en la avenida Tolosa de Donosti, pero tuve problemas con el servidor y, en pleno ataque de paranoia, la cambié por esta.

martes, febrero 23, 2010

lunes, febrero 22, 2010

susurros, gritos, susurros


Cincuenta años, medio siglo.
Una buena cantidad de tiempo para una vida humana, realmente poco, casi nada, para la historia del planeta.
En este año, durante el último mes en realidad, han cumplido cincuenta años años los gritos de Janet Leight en la impoluta bañera del espigado y nervioso Norman Bates.
Motel, ducha, sombra, cuchillo, sangre y como resultado Psicosis. Una película inmensa, sobre todo durante su primera mitad, cuando Alfred Hitchcock decide inaugurar la modernidad en el cine. Lo había intentado antes con un experimento que basculaba entre el teatro clásico y la recién aparecida televisión: The rope, pero aquel tour de force auto-impuesto -largas escenas rodadas sin corte ni montaje alguno- sólo había demostrado que el nuevo medio no podría con él.  Psicosis debía ratificarlo en ese lugar de privilegio dentro de la modernidad que la aparición de la nouvelle vague francesa parecía poner en duda.



Otros cincuenta años, el mismo medio siglo.
La edad de la bella cantante nigeriano-británica Sade.
Críticos y periodistas suponían que su retirada del mundo de la música sería definitiva.
Afortunadamente se equivocaban.
Para que todos aquellos gourmets, y gourmands, de su música susurrante podamos festejarlo, ha sacado un nuevo disco.
Se llama Soldiers of Love y en él sigue tan fiel a sí misma como muchos deseábamos.

viernes, febrero 19, 2010

diamantes y cenizas


Mientras J. y R. lacanean en el salón de casa, yo intento organizar alguna comida rápida para cuando decidan acabar con sus topologías psicológicas. Compro una docena de empanadas argentinas en el Delicatessen de Plaza Letamendi y pierdo algún tiempo más mirando serigrafías numeradas de Saura, Tápies y Alechinsky en la galería de arte Barcelona, a unos pasos del pequeño local de productos argentinos. La tarde está lluviosa, nada fría, tranquila, y yo, sin paraguas pero con gorra de visera, me pregunto si alguna vez, cuando era un pibe porteño que flaneaba por aquella ciudad lejana que nunca dormía, me habré imaginado en esta situación de primer mundo europeo, donde se mezclan las comidas que alguna vez fueron típicas con la obra de artistas que rara vez estaban  al alcance de nuestros ojos.
Soy el único que se pasea por la galería. Detrás de un alto mostrador presidido por un jarrón de cristal con liliums blancos, dos mujeres de unos cuarenta años, una rubia, la otra morena, clavan su mirada en los ordenadores que tienen delante.
Pregunto el precio de la, según me dicen, última obra gráfica de Antonio Saura: un entrecruzamiento de sus habituales líneas sueltas, siempre hábilmente sostenidas por una lacónica y austera contención castellana, con el aflamencado ritmo de los faralaes sureños.
Como era previsible, el dinero que llevo en los bolsillos no me alcanza ni para comprar el marco.
Balmes sigue en obras. Tendremos aceras más anchas con jóvenes tilos y bancos de madera. También paradas de autobús protegidas de las inclemencias del tiempo. Las dos que han puesto hace escasas tres semanas, lucen ya sobre sus cristales los estúpidos grafismos de algún  vándalo poco imaginativo con pretensiones de inmortalidad. Suelen garabatear torpemente con unas pinturas corrosivas que no permiten la recuperación de la superficie sobre las que las depositan, sea esta cristal, mármol o plástico. ¿Un fenómeno actual? No lo creo. Siempre los niños quisieron escribir en las paredes, la única diferencia es que ahora los adultos ya no se atreven a a reprimirlos.
-¿Y si fuera una nueva forma de arte?
-¿Y si quedáramos como paletos?
-¿Y si no nos votaran en las próximas elecciones?
Otros de esos inmaduros, supongo que para economizar pintura, ocupan su tiempo rayando con cualquier objeto afilado todo lo cristalino que encuentran a su paso. Al ritmo que van, en unos años sólo podremos ver lo que ofrecen las tiendas metiéndonos en ellas.
Leía ayer en un diario barcelonés que el ayuntamiento se gastará cuatro millones y medio de euros en repintar una tercera parte de los postes de la ciudad. Han descubierto que la pintura que usaban no era la adecuada para repeler la acción constante de todos los presuntos artistas gestuales espontáneos, esos que prefieren el muro al lienzo, los postes de alumbrado al papel hecho a mano, la destrucción paulatina de los bienes comunes al uso relajado y maduro de medios de expresión menos devastadores.
Vuelvo a casa con las empanadas y un Napoleón de plomo pintado a mano que compré por un euro en un quiosco de revistas. Imagino un ejército de cuatro millones y medio de pequeños napoleones limpiando todo lo que hiciera falta.
Es mejor que prepare la mesa para los lacanianos. Un momento antes de terminar con mi faena, suena el teléfono. El rectangulito confidente del aparato fijo anuncia un llamado desde Argentina. Es la hermana de J. con malas noticias: un pariente cercano muy querido está al borde de la muerte. Médico prestigioso, director de uno de los hospitales más importantes de Buenos Aires, es además y sobre todo un hombre bueno a la manera machadiana. Hace muchos años, en un viaje de cien  kilómetros a la provincia de Buenos Aires, supo ajustarle con sabias y sencillas palabras algunos tornillos bailones al jovencito melancólico que viajaba con él.
Desde la distancia física, al borde mismo de otra que será insalvable, este hombre que ahora soy quisiera darle las gracias por todo lo que aquel joven problematizado que fuí no supo agradecer en su momento.

Fotografía de Philippe Halsman

martes, febrero 16, 2010

las Salvajes Mimosas

A principios de los años noventa del siglo pasado (¡!) decidí abandonar Ibiza para radicarme en la más que cercana ciudad de Barcelona. Después de una década de residencia isleña, los muchos amigos que habían muerto allí estaban pesando demasiado en mi memoria: comenzaba a confundir sus fantasmales presencias con la de algunos recién llegados que repetían, con sus rasgos físicos o simplemente por una forma especial de moverse por la vida, las características personales de aquellos que yo había supuesto irremplazables. Hasta el día de hoy no logro saber si el dolor se acrecentaba por la constatación de este error inocente o por la evidencia de que el inexorable recambio vital sólo nos dolía a los afectivamente implicados.
Me había adjudicado un largo año sabático. Necesitaba ese tiempo para acostumbrarme a vivir en una ciudad que, si bien pequeña y provincial, tenía un ritmo diferente al siempre más aletargado y pasotista de las islas Pitiusas. Partí de Ibiza con el corazón roto. Suponía que allí se quedaba mi auténtica juventud, los años dorados de mi vida.
Durante meses vivimos en un gran piso del Ensanche que habíamos alquilado vacío y en el que no entró la televisión durante casi un año. Las horas se hacían largas: teníamos pocos amigos y, tal cual lo habíamos planeado, ningún trabajo fuera de casa. Un buen día, a raíz de un anuncio en un pet-shop del barrio pidiendo un gato guapo y bondadoso para una gatita en celo, conocí a Hella W, una alemana rubia, simpática y amante de los animales que compartía vivienda con tres gatos y su hija pequeña, tan clara y comunicativa como ella. Una de las primeras veces que visite su apartamento vi que tenía detrás de la puerta un pequeño procesador de textos (no creo que se pudiera llamar a ese rudimentario artefacto ordenador o personal computer) de la marca Amstrad. Pensaba tirarlo, me dijo, entonces yo, que nunca había tenido algo parecido a mano, me lo llevé muy contento a casa.
Fué así, guiado por un modelo de carta comercial insertado en el aparato, que empecé a escribir sin siquiera sospechar que lo estaba haciendo, mi primera novela. A partir de las treinta o cuarenta carillas apareció la necesidad de un título. Era incapaz de ponerle alguno, pero una noche soñé con uno de aquellos amigos ibicencos muertos trayéndome dos pequeñas cajas de zapatos, una en cada mano.
"Son un regalo para tí", me dijo. "Trátalos con cuidado:  los de una caja son salvajes y los de la otra son mimosos". Levanté las dos tapas a un tiempo y dentro de las cajas de cartón encontré dos puñados de pequenísimos gatitos recién nacidos. El juego de palabras fue posterior: me gustaba que aparecieran por allí el aroma y el color de las mimosas, una de mis acacias predilectas.
Siempre me pregunto cómo me atreví a presentar ese primer libro a un premio literario con la enjundia de La sonrisa vertical, sin embargo en aquel momento lo hice sin preguntarme demasiado. Mi novela era abiertamente erótica, y si de alguna escondida manera fantaseaba conque fuera publicada, el único lugar posible era la conocida colección de las tapas color rosa bombón.
Fue una ayuda ganar el primer premio de cien mil pesetas otorgado por un jurado de Palamós al ganador, yo mismo, del concurso para el cartel publicitario de las fiestas carnavalescas del año noventa y dos. Decidí que ese dinero inesperado debía invertirlo en el libro que escribía. Llegaba el verano y con él las vacaciones, pero yo no quería abandonar la escritura de la novela durante todo un mes, ya que conocía mi habitual propensión al abandono inacabado de las cosas. Creo que un dibujo puede soportar, e inclusive ganar, si no intentamos "acabar con él" agregándole trazos;  por el contrario, una novela necesita una conclusión, un final, un remate de algún tipo.
Alquilé un bungalow -así llamaban sus dueños a un chalet de dos plantas con jardín al frente- en una urbanización de Playa de Aro, a escasos trescientos metros de la playa. Como no tenía patente de escritor se hacía necesario cumplimentar los supuestos requisitos producidos por mis fantasías de cinéfilo en torno a esta profesión tan cinematográfica. No fumaba en pipa -en realidad había dejado de fumar absolutamente todo al abandonar Ibiza- y el alcohol no figuraba entre mis debilidades, así que debía construírme un personaje de escritor saludable, con poca resaca y abundancia de sol y playa. A falta de un gran perro lanudo tenía a mis dos gatos, Nicolás y Coquito; a cambio de un descapotable rojo o negro, un viejo Renault 5 color verde musgo. En aquel mes terminé mi novela y al regresar de las vacaciones me acerqué temeroso hasta la antigua sede de Tusquets, desconocida para mí hasta ese momento. Atravesé el pequeño jardín delantero y empujé la puerta de entrada. No temo a los perros, sino hubiera salido corriendo ante la presencia de aquel mastín negro de gran tamaño -si la memoria no me falla se llamaba Pancho- que salió a mi encuentro. Antes de que apareciera Rosa María, la por entonces secretaria administrativa de la editorial, el imponente Pancho y yo ya éramos amigos.
Me olvidé del premio hasta que un día cualquiera, paseando por las Ramblas, vi ramos de mimosas frescas en los puestos de flores. Telefoneé a la editorial y otra vez fue Rosa María la que atendió mi llamado. Me comunicó que de haber sido elegido finalista ya me habrían avisado por teléfono.
"Lo siento mucho", dijo, y cuando iba a colgar me preguntó el nombre de mi novela para poder devolvérmela por correo.
"Salvajes mimosas", contesté yo.
"¡Hombre! ¿Eres tú? ¡No has dejado nada más que un seudónimo! ¿Cómo podíamos encontrarte? Ponte contento: tu novela está entre las finalistas."
Lo demás fue como un sueño que tal vez merezca una segunda parte. Quizás cuando haya pasado este frío, lluvioso, triste y ajeno carnaval que aventó el aluvión de recuerdos hasta quedarse con los más amables, decida contarlo. 

jueves, febrero 11, 2010

amour, amore, love...

Queridos míos: amigos, visitantes-comentaristas, y, como se dice, o se decía, en algunos eventos oficiales, público en general,  por si no se habían percatado,
¡se acerca la festividad de San Valentín y con ella el día de los enamorados!

Las tiendas de ropa interior lo anuncian en sus escaparates, dejando al descubierto, y nunca mejor dicho si nos atenemos al tamaño de las prendas que exhiben, el verdadero cuerpo del amor romántico.
A esta altura de mi vida yo no podría asegurar que "lo único que necesitas es amor". Una casa, algo de dinero, un trabajo que te guste, un móvil con buena cobertura, un ordenador de última generación, también son importantes. Cierto es que si te aman tan apasionadamente, con tanto brío como el que demuestra Luis Miguel en su presentación de Buenos Aires (¿alguien podría decirme si lo que agita el público femenino es realmente lo que yo imagino?), quizás no importe demasiado alguna carencia, pero me parece improbable que este hombracho con cara de niño, a pesar de toda la energía desplegada, pueda prodigarse tanto como para cubrir semejante cantidad de necesidades solitarias.

A pesar de todos los pesares, San Valentín aterrizará el próximo domingo catorce de febrero, de la misma manera que llegan año tras año el mes de Agosto y sus vacaciones, Santa Claus con sus renos, las uvas y sus campanadas y los Reyes de Oriente con sus cada año más míseros regalos.
Así que, para que empiecen a ponerse a tono, dejo a continuación algunos videos musicales cargados de cariño:
1) Canciones que nos hablan de ese sentimiento indefinible, el amor, que, según algunos, mueve al mundo. Supongo que aquellos que lo afirman se refieren en realidad a la pasión. Es la única manera de entender muchas de las atrocidades que suceden en nuestro planeta...
2) Entre estas canciones, hay una especial para los nostálgicos, con un video que, entre otras imágenes enternecedoras por su ingenuidad, muestra, muy al pasar, la belleza casi adolescente de Mick Jagger... (debo confesarlo: él siempre me gustó más que cualquiera de los flequilludos de Liverpool).

3) Para acompañar tanta música, un buen puñado de ¡flores, flores, flores! Dibujadas, virtuales, pero con el aroma inconfundible de los libros del señor Taschen.
4) Mis mejores deseos. Que tengan cerca a alguien que realmente quieran besar... y puedan hacerlo. Que si aún no lo tienen, aparezca precisamente ese santificado día con los labios llenos de besos, todos ellos destinados a vuestros receptivos labios.
Ilustran fotos de David Puel y Thomas Libé, 
de su serie Selfkiss

lunes, febrero 08, 2010

Trámite bancario

El documento era poco claro, como si hubiera sido traducido directamente de alguna lengua extranjera por alguien que no hablaba castellano. Intentó solucionar el supuesto embrollo por teléfono pero nadie contestó a su llamado.
"Estarán tomándose un café en el bar de la esquina", pensó para alimentar su mala leche. Tendría que acercarse al banco, así que iba a aprovechar ese desplazamiento no deseado para quejarse de varias cosas que le molestaban, entre las que la desatención telefónica ocupaba un lugar preferente.
El día estaba desapacible, nublado y lluvioso. Acostumbrado a trabajar desde su casa, Belisario Damián decía preferir el invierno al verano y esto resultaba ser verdad siempre y cuando sus obligaciones no lo obligaran a enfrentarse con la calle.
"El verano es para los ricos", solía decir, "para estar tirado en la cubierta de un yate tomando refrescos de frutas exóticas mientras se mira el horizonte lejano".
Iba a cumplir sesenta años, aunque según le decían todos, su imagen no correspondía a esa edad.
"¿Cincuenta y ocho, quizás?", bromeaba él cada vez que algún conocido reciente hacía un comentario favorable sobre su aspecto juvenil y desenfadado.
Trataba de mirarse al espejo con ojos ajenos, imparciales, como si nunca se hubiera visto antes, aún sabiendo que aquello era tan imposible como pretender ser objetivo con alguien de quien se está muy enamorado.
Aquella mañana estaba suficientemente disgustado con la vida como para que su imagen le interesara menos que el pepino en una ensalada. Las huestes malignas atacaban de nuevo escudándose tras consignas impregnadas de racismo a las que pretendían dar carácter de reivindicación popular. Sabía que en la calle no podría apartar sus ojos de todos aquellos carteles exigiendo una sola bandera, una sola lengua, un solo y único pensamiento. Habían proliferado en los últimos tiempos, y aunque nadie parecía percatarse de ello, las consignas discriminatorias ganaban día a a día más espacio en las charlas callejeras, se transformaban en parte del lenguaje cotidiano de la gente.
Se puso un abrigo, guardó en el bolsillo el documento que le había hecho llegar el banco y se calzó las gafas más oscuras que encontró sobre la mesa donde arrojaba los atrezzos de uso diario. La sucursal bancaria quedaba a unos doscientos metros de su casa, por lo que no podía permitirse invertir en aquel trámite mucho más de diez o quince minutos.
Un rato después había cruzado las dos puertas de seguridad de la entidad bancaria y, con un "buen día" formal por medio, alcanzaba la carta-documento a una empleada joven de mirada hosca y gesto despreciativo. Era evidente que la pobre tipa odiaba estar allí, manipulando un dinero ajeno que, ella suponía, hubiera estado mejor en su bolsillo. En ese momento el hilo musical pasó de una melodía de romance veneciano con violines a una canción dulce y machacona que conocía muy bien:

Sintió que sus pies se despegaban de aquella oficina tan fría como pretensiosa para aterrizar en una pista de baile de otra época. Arrastró los pies siguiendo el ritmo y antes de que pudiera darse cuenta ya estaba moviendo todo el cuerpo como lo hacía treinta años atrás.
"Esta va a creer que estoy loco", se dijo, pensando en la empleada que ni siquiera había levantado la vista de sus papeles, "pero en realidad me da igual: creo que ella está perdida en su melancolía".
De pronto sintió que le tocaban suavemente un hombro. Se giró y allí estaba el señor calvo con gafas de pasta gris oscuro y cara de letal aburrimiento que había entrado poco después que él y esperaba sentado en una incómoda butaca de plástico azul a que llegara su turno.
Había dejado maletín y abrigo sobre el asiento y, con temerosa timidez en la mirada pero absoluta convicción en la voz, le preguntaba:
"¿Bailamos?"


ilustra : retrato de Mikhail Barishnikov por Mark Seliger

sábado, febrero 06, 2010

Medio siglo de Dolce Vita

Algo despistado por esto de la crisis económica y el cambio climático, recién ayer me entero que en estos días se cumplen 50 años del estreno de La Dolce Vita, la película que llenó de bolsos, zapatos y cinturones dorados los escaparates de la todavía afrancesada ciudad de Buenos Aires, para, muy poco después, brillar con luz propia en el atuendo de toda burguesa porteña que pretendiera estar "à la page".
Visionario como todo artista que se precie, Federico Fellini se servía de esa jet set decadente y minoritaria que supuestamente poblaba las noches romanas, para retratar a partir de ella el mundo que viviríamos como especie, virtualmente globalizados, varias décadas después. 
Figuras de papel impreso convertidas en auténticos ídolos de masa;  relaciones humanas carentes de todo interés, basadas en encuentros tan mundanos como superficiales; amoríos de quita y pon y sexualidad de pon y quita; intelectuales áridos que eligen el ostracismo o el suicidio como única forma de escape posible; fotógrafos de flash fácil y seudo periodistas, tan mediocres como faltos de ética, en busca de una noticia sucia para la primera plana de sus revistas basura, pueblan los más de 170 minutos de esta mítica película, rodada en el mismo blanco y negro de los periódicos de la época.
Años después Woody Allen, admirador confeso de Fellini, dirigiría Celebrity, digna revisión-homenaje de esa amarga Dolce Vita que ahora cumple unos maduros, que no obsoletos, cincuenta años.
Un buen programa doble para un fin de semana casero sin gastos excesivos.

miércoles, febrero 03, 2010

semana luctuosa, semana negra

Escribir fue siempre para mí un ejercicio de libertad. El único por el que mi Yo se pasea sin rendir cuentas...

Lo dijo en una de sus últimas entrevistas Tomás Eloy Martínez, un argentino nacido en Tucumán, provincia norteña de tierras color rojo sangre que lleva prendida a su nombre, luciéndolo como si fuera un valiosísimo broche de brillantes, una descripción, si no necesariamente veraz, sí de lo más halagüeña: "El Jardín de la República".
T.E.M. se ha muerto ayer, y hoy, martes, todos los periódicos le dedicaron notas, elogios, semblanzas. Era, además de un buen escritor -autor de novelas, guiones, ensayos y cuentos- un periodista que supo revolucionar esa profesión en los países de habla castellana.
Cuando yo era un jovencito que empezaba a interesarme por el mundo exterior, él, con pocos años más, sacudía a fuerza de palabras las polvorientas redacciones de los tradicionales diarios argentinos o daba vida a una revista semanal, Primera Plana, que nos hablaba con un idioma reconocible, tan culto e inteligente como alejado de las engoladas cursilerías habituales.
Más de una vez colgué escritos suyos en un blog que ahora tengo bastante abandonado: La verdad verdadera. En esta semana luctuosa, a la que no se si definir como necro-lógica o como necro-fílica, se han muerto también J.D.Salinger, el huidizo, y una espléndida actriz argentina: Inda Ledesma, pero aunque muy apreciados por mí en su momento, ninguno de los dos se paseó jamás entre los escritorios de una redacción donde yo trabajara, como sí lo hizo más de una vez Tomás Eloy Martínez visitando a alguno de sus colegas del también desaparecido diario La Opinión de Buenos Aires.
Para ilustrar esta dolorosa, breve, apresurada despedida, busqué alguna foto suya de aquella época, cuando se lo veía optimista, joven y barbado, pero sólo encontré esta, de una todavía temprana madurez, que cuelgo ahora aquí.
Supongo que finalmente pasará a la historia tal cual fuera en los últimos años, su sonrisa algo enturbiada por un golpe de volante enloquecido que arrancó de su mano para siempre a la mujer que amaba.

El último libro que escribió se llama Purgatorio. No creo que mi estimado Tomás Eloy Martínez merezca nada similar a eso.

domingo, enero 31, 2010

Naturaleza Impermanente

En mi casa hay una mesa algo especial.
No lo es por el tamaño, ya que, sentadas, apenas caben cinco personas
De un art deco tardío en madera de roble oscuro, tampoco me atrevería a llamarla una mesa de estilo... aunque lo tiene.
La salvé de unos dueños insensibles que pensaban arrojarla a un container rebosante de escombros.
Desde ese momento es una mesa en constante mutación. Impermanente. Cambia según los días, los humores y las apetencias de los habitantes de la casa.
Igual que estos, depende también de las estaciones, de la economía, del mercado, de los ¿caprichosos? productos estacionales de todo aquello que llamamos naturaleza.
No es sólo la mesa en la que comemos cuando hay invitados en la casa. Es también el escaparate donde, casi sin darme cuenta, expongo de forma habitual mis estados de ánimo.

Todas las fotografías son de Dante Bertini (2008-2009).

Posdata: por si a alguien le interesa -a mí, lo reconozco, me causó muchísimo placer- podéis leer (y oír) aquí al lado, en el link de José Manuel Contreras y su Rincón Literario, el comentario que ha hecho de mi web y mis blogs en su programa de la Cadena Ser.