Posiblemente influya más el fenómeno Messi que el cambio climático, pero lo cierto es que la última semana llovieron sobre Barcelona unos cuantos escritores argentinos -acicalados, sonrientes, bien dispuestos- para presentar ante los medios sus publicaciones recientes en editoriales españolas. Son bienvenidos, según parece. Y no importan sus edades ni la densidad de sus currículum, tampoco que sean más o menos comunicativos o atacados de ausencias; altos, bajos, turgentes o tirando a magros, todos se vuelven a su lugar de origen cargados de elogios para sus obras, sus pares y, sobre todo, para ese casi mítico país del que zarparon. Los piropos son tantos, que uno, también nacido allí, por momentos se ve obligado a preguntarse: ¿qué estoy haciendo aquí, tan lejos del paraíso?
Martín Kohan parece tenerlo claro: ese paraíso se ha perdido sin que llegara a existir nunca. Él atribuye la leyenda a factores variados e imprecisos; yo creo que esa melancolía irremediable es herencia de nuestros padres y abuelos inmigrantes, que añoraban todo lo dejado atrás, dotándolo, como es habitual, de características únicas. "Nada más amado que lo que perdi", canta Serrat, y ni siquiera ha nacido en Buenos Aires.
Ganador del premio Herralde 2007 con Ciencias morales, Kohan presentaba ahora su nueva novela, Cuentas pendientes, respetando en este título la cantidad de sílabas del anterior, un libro exitoso con varias reediciones. No dijo que lo hubiera hecho por cábala, sin embargo varios de los asistentes a su presentación movimos sutilmente la cabeza convencidos de que en realidad se trataba exactamente de eso.Si el escritor Fogwill juega de canalla y Pola es una chica sexy, de Martín Kohan podríamos decir que es un tipo con muchísimo texto. Fluído en su discurso, despertó las ganas de diálogo en casi todos los que rodeaban la mesa; algunos sin tocarla, como el también argentino Rodrigo Fresán, que eligió quedarse más atrás y en un ángulo, como el arpa olvidada del poema.
El editor Jorge Herralde (Anagrama) fue el encargado de presentar -orgulloso y con menos discreción que la que emplea habitualmente Guardiola para hablar de su niño de oro, Leonardito Messi- al escritor y su novela. La había leído con mucha atención, era evidente. Recordaba situaciones, nombres y detalles; muchos más de los que, sabio vendedor de libros, hábil manipulador de espectativas, comunicó a los que estábamos escuchando.
Cuando empezó el turno de preguntas se notó de inmediato que el autor sólo necesitaba una cualquiera, algo así como el puntapié inicial, para despacharse a gusto. Sobre los blancos manteles desplegados por la gente de Casa América Catalunya, desfilaron el deseo que lo empuja a escribir, la realidad social y política argentina, los Kirchner y el peronismo, sus maestros literarios, el tango y las inmigraciones, el vermut con platitos en los cafés de siempre y el desgraciado proceso militar con su larga lista de desaparecidos.
-Seguimos sin saber dónde están-, dijo Kohan refiriéndose a estos últimos.
-Muertos, -le dije yo como primera entrada-, ¿dónde van a estar si no están muertos?
Los militares argentinos lanzaron con tal fuerza el eufemismo que ahora esa lubricada mentira se ha convertido en la forma global de esconder las bajas, sobre todo si no son ajenas.
En algún momento de la charla alguien cercano me alcanzó el libro de Kohan y pude mirar atentamente la ilustración de tapa. Un pie de hombre calzado con un clásico zapato de cordones está a punto de cruzar una puerta. Sale de un lugar desconocido que sólo nos muestra un trozo de su suelo, compuesto por pequeñas teselas exagonales de cerámica blanca ya desgastadas por el uso. La foto en blanco y negro es de Horacio Coppola, un clásico de la fotografía argentina, y lleva por título Rivadavia entre Salguero y Medrano, año 1931. Allí, en el número 3819 de la Avenida Rivadavia, estaba situada la casa en que nací -según creo existe todavía, aunque ya no pertenece a mi familia- y exactamente así eran los suelos de los amplios, desangelados, fríos cuartos de baño, al menos mientras yo vivía en ella. Me pareció casi lógico que poco después, cuando Martín Kohan y Herralde confesaron compartida pasión por el fútbol, saliera a relucir, como referente del mejor fútbol de otra época, la alineación histórica de un equipo blaugrana de aquel mismo barrio que fue el mío: San Lorenzo de Almagro.
Atacado arteramente por varios fantasmas del pasado, esa misma noche leí la novela de Kohan. De 177 páginas y veintisiete capítulos, tiene como personaje central a un octogenario que arrastra sus últimos días por un paisaje doméstico tan desolador como su propia vida. Nada le responde ya, todo se le escapa de las manos, pero él igual insiste en quedarse de este lado, aferrándose como puede a los documentales de televisión, a sus tristes rutinas y a sus miserables costumbres.
No es un libro alegre, desde ya, pero como dije antes, Martín Kohan tiene mucho texto y lo despliega sin falsos pudores, con brillantez y ritmo.
Supongo que dentro de nada será película -un magnífico papel para Héctor Alterio- aunque necesariamente tendrán que cambiarle el título: ya hay varias en el mercado que se llaman igual.

Posdata: Es la segunda vez que acudo a uno de estos desayunos literarios y me llama la atención lo poco golosos que son los asistentes a ellos. Las jarras de café se enfriaron sin que nadie se acercara a servirse una taza, los brioches de jamón dulce, mantequilla y queso languidecían en sus platos como si todos los presentes hubieran sido veganos, partidarios convencidos de las excelencias de esa estricta dieta sin componentes animales.
Yo tampoco tomé café, pero comí dos de aquellos bocadillos; lo confieso: no puedo soportar que se desperdicie comida.
Fotos: publicitaria de Messi (Mundo deportivo); retratos de Kohan, Fresán y Herralde, por Bertini.














































